Cultos

Viernes Santo

El día grande de nuestra Hermandad.

El Viernes Santo es el día grande de nuestra Hermandad, en el que el cofrade se apiada sobremanera del dolor y soledad que experimenta el alma de María en el momento crucial de la muerte de su amado Hijo y en el de su sepultura.

Los temas de reflexión giran, pues, en torno a estos dos momentos. Se medita sobre el dolor que experimentó el maternal corazón de María en el momento de la muerte del Hijo, al que estaba indisolublemente unida, cosa que tuvo lugar a las tres de la tarde, la hora nona según el cómputo de las horas en el mundo antiguo.

María se hallaba junto al Hijo agonizante, unida a su sufrimiento, participando de su sacrificio. Lo dice San Juan: “Estaban junto a la cruz de Jesús, su Madre, y la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena” (Juan, 19, 25).

Un hecho sumamente interesante tiene lugar ahora al pie de la cruz. Jesús, “viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” ( Juan, 19, 26-27).

Al igual que San Juan recibió en su casa a la Madre desamparada, así el cofrade de la Hermandad de la Soledad ha de hacer de su alma morada para que habite en ella la Madre, Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad.

El segundo motivo de reflexión de este día es la tristeza profunda y la infinita Soledad de María entre el momento de la muerte de Cristo y el de su Resurrección, hechos que evocamos en la estación de penitencia acompañando los tres pasos que intervienen en el cortejo procesional, que tiene lugar después de celebrados los Santos Oficios y ejecutado el tradicional Paseo.

LOS SANTOS OFICIOS

El Viernes Santo no suenan las campanas, en señal de duelo por la muerte del Señor, solamente suena la matraca indicando a todos los cofrades, hermanos y hermanas, que los Santos Oficios van a tener lugar.

El Viernes Santo no se celebra la Santa Misa. El altar está del todo desnudo, sin candelabros, sin manteles. El celebrante viste de negro.

Preparado ya todo, el celebrante y diáconos van como en procesión por la iglesia, desde al coro hasta el altar mayor, en absoluto silencio, llevando el Crucificado de tamaño mediano que hay en la Sacristía, cubierto con un paño morado. En tres estaciones o paradas, el Celebrante descubre primero el brazo derecho del Señor, luego, el izquierdo y, finalmente, el crucifijo entero, diciendo cada vez:

  • Ecce lignum crucis — He aquí el madero de la Cruz,
  • In quo salus mundi pependit — del cual estuvo colgada la salvación del mundo.

Y responden todos:

  • Venite, adoremus — Venid y adorémosle.

Llegados al altar, hacen reverencia y el celebrante se postra en tierra, orando en silencio por algún espacio de tiempo. Después tienen lugar las lecturas, el acto de adoración de la Santa Cruz y, finalmente, la Comunión, trasladando para ello el Sacramento del Monumento al altar mayor, sobre el que se han extendido los manteles, acompañado el sacerdote de dos acólitos con velas encendidas.

El Viernes Santo se lee la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según San Juan (Cap. 18, 1-49, y 19, 1-42):

  • Jesús en el huerto en Getsemaní.
  • Jesús se entrega voluntariamente a los judíos.–
  • Jesús ante Anás y Caifás.
  • Jesús conducido a Pilatos. Falsas acusaciones.
  • Jesús dice ser Rey. Es pospuesto a Barrabás.
  • Jesús azotado y coronado de espinas.
  • Jesús es injustamente condenado.
  • Jesús sube al Calvario. Crucifixión.
  • Jesús nos da por Madre a su Madre. Muerte de Jesús.
  • Jesús quiere que sea abierto su Sagrado Corazón.
  • Jesús sepultado. María en Soledad.

(Las lecturas se suelen hacer entre tres personas, siendo una de ellas el celebrante, que se sitúa en medio, a manera de dramatización, para hacer dichas lecturas más participativas.)

Los orígenes de la adoración de la Santa Cruz se remontan al siglo IV. En ese siglo el emperador Constantino concedió libertad de culto a los cristianos mediante el edicto de Milán, el año 313; con ese edicto se ponía fin al largo periodo de las persecuciones. A partir de ese momento se construyen santuarios en los lugares donde tuvo lugar la muerte, sepultura y resurrección de Jesús.

La emperatriz Santa Elena, madre de Constantino, llega a aquel lugar y se descubre la cruz en que sufrió martirio Nuestro Señor. El pueblo fiel deseaba contemplar de cuando en cuando aquel madero cuya milagrosa aparición había colmado de gozo a la Iglesia entera, motivo por el cual se determinó que la Santa Cruz se expusiera a la veneración de los cristianos una vez al año, el Viernes Santo.

En Jerusalén, los cristianos del siglo IV conmemoraban la pasión del Señor ese día yendo, antes de la salida del sol, a orar al lugar de la columna de la flagelación, luego se trasladaban al lugar del Gólgota, en el lugar donde fue hallada la cruz por Santa Elena.

Colocada sobre una mesa la cruz, tomaba el obispo el santo leño por sus extremidades y acudían uno por uno los fieles y catecúmenos a venerarlo. Esta ceremonia duraba desde la hora segunda hasta la sexta. Hacia la hora sexta se leían fragmentos de la Biblia alusivos a la pasión, tanto de los Evangelios como de los profetas que anunciaron los padecimientos del Señor. Más tarde se dirigían al lugar del sepulcro y allí se leía el Evangelio en que se narra que Pilatos entrega el cuerpo de Jesús a José y éste lo coloca en el sepulcro.

La fama llevó por todas partes los relatos de este ceremonial, pero todos no podían aspirar a ver la Santa Cruz ni una sola vez siquiera en la vida. De ahí que la piedad católica quisiera gozar, al menos por imitación, de una ceremonia que muchos no podían gozar en su realidad, y, hacia el siglo VII, se pensó repetir en todas las iglesias, el Viernes Santo, la ostentación y adoración de la cruz que tenía lugar en Jerusalén.

EL PASEO

Acabados los Santos Oficios, los hermanos varones de esta cofradía, vestidos de nazarenos, de costaleros, ataviados de romanos (los “armaos”), o simplemente de paisanos, acompañados de las bandas de música, inician un desfile desde la iglesia parroquial a la ermita de San Gregorio para realizar la estación de penitencia, donde las hermanas, ataviadas de mantilla o con traje de calle, aguardan para el mismo fin. El origen del “Paseo” puede que estar en la formación que en el pasado se hiciera y a la que se irían integrando los hermanos nazarenos en su recorrido hasta llegar a la Capilla de San Gregorio para sacar procesionalmente la Cofradía.

Las niñas pequeñitas, caracterizadas de angelitos pueden participar también en el Paseo acompañadas por sus padres o familiares varones.

LA ESTACIÓN DE PENITENCIA DEL VIERNES SANTO ORDEN. DEL CORTEJO, INSIGNIAS, PASOS Y PERSONIFICACIONES. SU ORIGEN, EVOLUCIÓN Y SIGNIFICADO

Desde el momento en que se inicia la Estación de Penitencia, la Hermandad pasa a llamarse más específicamente Cofradía, compuesta por tres tramos, que llamaremos: de la Muerte, del Señor y de la Virgen, en función de los pasos identificativos de cada uno de ellos.

LA PROCESIÓN DEL VIERNES SANTO POR LA TARDE. PRIMER TRAMO: DEL PASO DE LA MUERTE.

El desfile procesional se inicia con las Bocinas, que sólo tienen una función simbólica, ya que no suenan. Estos instrumentos, reminiscencias de la Antigüedad y de la Edad Media, servían para anunciar que se abría un cortejo o un acto solemne o importante. En el Antiguo Testamento hay mención a las bocinas haciendo referencia al Juicio Final o asociadas a los pronunciamientos solemnes de Dios o en presencia de Dios.

Las bocinas se podrían interpretar como el anuncio de la venida del Hijo que derrama su sangre redentora para salvación de la humanidad. O como trompetas que anunciaran triunfantes la gloria de Jesús hasta los confines del mundo.

A continuación aparece la Cruz de Guía, acompañada de dos faroles, indicando que la procesión se va a desarrollar en el nombre de Cristo, cuyo cuerpo desprendido del madero se conduce en una urna hacia su Santo Entierro, hasta el momento de su Gloriosa Resurrección.

La cruz nos recuerda las dificultades que vamos a encontrar en la senda de vida y nos evocan las palabras de Jesús: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mateo, 16,24).

Tras la Cruz de Guía se abren dos filas de nazarenos, comenzando por los más pequeños, seguidos de los más jóvenes, hasta el paso de la Muerte. Entre la
Cruz de Guía y el paso de la Muerte va la Bandera, acompañada de dos varas. El negro paño de la bandera en el que va pintado el escudo de la hermandad, con las dos escaleras sobre los brazos de la cruz vacía, viene a ser, en su negrura, eco de las tinieblas que aquella tarde ensombrecieron los corazones de los que amaban a Jesús, y llevaban la pena fatal al corazón de su afligida Madre.

Luego sigue el Guión de la Juventud (se dice que una insignia es un Guión cuando tiene forma de bandera maciza colgada por el lateral), acompañado también por dos varas, insignia relativamente reciente, en consonancia con el primer tramo de la cofradía y con la primera edad de la vida, la infancia y la primera juventud, que camina por la senda de la cofradía, para llegar, como dice la inscripción que lleva grabada el guíón: “Ad Deum qui laetificat Nostra iu ventutem” (“hasta Dios, que alegra nuestra juventud”).

Precedido por los acólitos ceriferarios con el pertiguero, y los acólitos turiferarios, aparece el paso de la Muerte.

El paso de la Muerte, cuyo nombre correcto es el Triunfo de la Santa Cruz sobre la Muerte, está constatado en la cofradía, al menos desde el siglo XIX, en la década de los años cuarenta, según los Libros de Acuerdos la Hermandad.

Se trata de un paso cargado de simbología en todos los sentidos, impresionante por traer al pensamiento, de forma tan contundente, la idea de la muerte física, frontera de obligado paso para todos los viviente, que evoca lo frágil que es la condición humana, lo efímera que es la vida y la vanidad de las cosas.

Sin embargo, más allá de esta impresión, hay que considerar que este paso encierra en sí una alegoría: el triunfo de Cristo sobre la culpa y la muerte. La culpa está representada por la serpiente, transformada en dragón, arrastrándose sobre su vientre, con el fruto fatal en sus fauces abiertas. Y la muerte, devoradora sin tasa de cuanto siega con su guadaña, por un esqueleto sentado sobre un esférico mundo. Fría y seca, la muerte aparece burlada, porque Cristo, que quebrantó la cabeza de la serpiente, desarmó a la muerte de su dardo mortal. De manera que la cruz se revela como cima de libertad. Cristo venció a la muerte para rescatar todo lo destruido por el odio infernal. MORS MORTEM SUPERAVIT (“la Muer te (de Cristo) venció a la propia muerte”), reza el paño negro que desciende de un brazo de la cruz (vacía, con dos escaleras, descansando una en cada lado), mientras que del otro brazo pende un paño blanco, signo de vida o de resurrección.

SEGUNDO TRAMO: DEL PASO DEL SEÑOR

Tras el paso de la Muerte, dos filas de nazarenos, ahora jóvenes y mayores, se abren para cortejar el paso del Santo Entierro. Entre ambas filas encontramos, primero, los Libros de Reglas de la Hermandad, custodiados por varas, testimonio de una secular veneración a Nuestra Señora de la Soledad y a Cristo en su Santo Entierro, constatada, al menos, desde el siglo XVI (Reglas de 1582). A las reglas, sigue un Relicario, con piedras del Monte Calvario, acompañado por dos faroles. Luego, aparece el Estandarte, flanqueado por dos varas, símbolo corporativo por excelencia de la Hermandad, constatado en la cofradía desde las primeras reglas conocidas. Su forma es la de una bandera recogida por el centro en señal de luto, con el escudo de la hermandad, en este caso labrado sobre metal plateado.

Después del Estandarte, van las personificaciones de las Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Se llaman virtudes teologales a los hábitos que Dios infunde en la inteligencia y en la voluntad del ser humano para ordenar sus acciones a Dios mismo.

La fe está representada con una venda delicada (de tul, generalmente), sobre los ojos (o sobre la frente), anudada por detrás, y una cruz en la mano. Ante los vaivenes y las incertidumbres de los tiempos presentes, la fe es un consuelo para los corazones. ¿Cómo evitar que en el proceloso mar de la vida no naufrague la frágil barquilla humana si no es manteniendo firme la fe.

La Esperanza, ese deseo de alcanzar las cosas a las que aspiramos, está representada con un ancla en las manos; símbolo de la confianza firme en las creencias que el cristiano profesa. La persona esperanzada es feliz y se mueve con confianza.

La Caridad lleva un corazón encendido en la mano, del que emanan llamas por arriba, coronado por una cruz, símbolo del amor con el que Jesús nos amó y con el que debemos amar y socorrer a nuestros hermanos. “Amaos los unos a los otros como yo os he amado. En esto conoceréis todos que sois mis discípulos: si tenéis amor unos para con otros” (Juan, 13, 34-35). El amor es solidario y fortalece las nobles inclinaciones de una manera edificante.

Las Virtudes van diciendo que la Hermandad debe ser un modelo de comprensión, de tolerancia y de convivencia.

Tras las Virtudes van las personificaciones de Santa Marta y la Sibila Cumana, de tradición más reciente en la cofradía. Santa Marta es la amiga de Jesús, la que le hospedó en su casa en Betania; hermana de María y de Lázaro, Marta se esforzó en servir a Jesucristo lo mejor que pudo y, más tarde, con sus oraciones impetró la resurrección de su hermano. Marta es ejemplo de servicio al Señor y prueba de que él escucha las súplicas que se le elevan.

La Sibila Cumana es la personificación de una profetisa, se asocia a ella la creencia popular de los primeros tiempos de que esta sibila anunció la venida de Jesucristo.

Precediendo al paso del Santo Entierro aparece la figura de la Mujer Verónica. La Verónica, según la tradición cristiana, fue la mujer que, durante el Viacrucis, tendió a Cristo un velo para que enjugara el sudor y la sangre. En la tela, conocida como paño de la Verónica, quedaron milagrosamente impresas las facciones del Redentor. Se la representa portando en las manos el paño con la imagen del rostro Cristo, de donde podría proceder su nombre: vero ícono (verdadera imagen). La Verónica es ejemplo de mujer valiente. Aunque poco sabemos de la vida de Verónica y su acto de amor no aparece en las Sagradas Escrituras, la tradición lo ha recogido como un acto ejemplar, modelo de misericordia y compasión hacia Jesús en su camino al Calvario. Viendo que unos le agredían y otros permanecían indiferentes ante tanta crueldad, ella se le acercó y le enjugó el rostro con su velo. Aquel divino rostro, cruelmente golpeado, ensangrentado y sudoroso, suscitó en el corazón de Santa Verónica la misericordia y quedó impreso en su velo, como impresa debe quedar la imagen de Cristo en el alma del cristiano y orientar los actos de su vida.

Tras la mujer Verónica, precedido por los acólitos ceriferarios con el pertiguero, y los acólitos turiferarios, aparece el paso del Santo Entierro, en cuya magnífica Urna se ve el cuerpo yacente del Santísimo Cristo de la Misericordia, con sus heridas abiertas, que trae el eco de sus palabras: “En verdad os digo que si el grano no cae en tierra y muere, quedará solo; pero si muere, dará mucho fruto” ( Juan, 12, 24).

Motivo de reflexión ante el paso del Santo Entierro es la consideración que se tuvo en cuenta el último día del Septenario, en que se glosaba el séptimo dolor de la Virgen: la Sepultura de Jesús.

Tras el paso del Santo Entierro va el palio de Respeto, de terciopelo negro, en señal de solidaridad y duelo, al igual que las filas de nazarenos que preceden al paso, con la víctima inocente. Y detrás del palio, la Centuria Romana, evocando la que aquella tarde de la parasceve custodiaba el cuerpo de Jesús, con el “Senatus”. El Senatus es una insignia en la que aparecen las siglas S.P.Q.R.,cuyo significado es Senatus Populus Que Romanus (el Senado y el Pueblo Romano), imitando las que llevaban las legiones romanas que ocupaban la región de Palestina en la época de Jesucristo, rematada por una corona de laurel y un águila imperial.

TERCER TRAMO: DEL PASO DE LA VIRGEN

Comienza ahora un nuevo cortejo, formado en este caso por mujeres, generalmente ataviadas de mantilla negra, que, en dos filas, acompañan el paso de la Santísima Virgen, con otras insignias y personificaciones.

Abre el desfile la Cruz Parroquial, acompañada por dos ciriales, y, detrás de ella, la insignia llamada Mediatrix, acompañada por dos varas, anunciando que María, cuyo paso cierra el cortejo procesional, es mediadora universal en todas las gracias (“Mediatrix omnium gratiorum”) y a ella debemos acogernos.

Después sigue el Guión de la Coronación, acompañado igualmente por dos varas, signo tangible de la solemne efeméride que conmemora: la Coronación Canónica de Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad el día 15 de junio de 1996, así como testimonio del orgullo que siente esta Hermandad por la Santísima Virgen de los Dolores en su Soledad y su veneración secular en esta villa. El Guión representa en una cara el anagrama de la Virgen: la M con la A atravesada, el Corazón con los siete puñales y la leyenda: SATABAT MATER DOLOROSA, IUXTA CRUCEM LACRIMOSA, DUM PENDEBAT FILIUS, y, en la otra, la Corona, en relieve, con la leyenda: CORONACIÓN CANÓNICA DE NTRA. SRA. DE LOS DOLORES EN SU SOLEDAD. 15 DE JUNIO DE 1996 y el escudo de la Hermandad. Una cinta que orla el Guión proclama: GLORIA A TI, MADRE DOLOROSA.

Detrás del Guión va el Simpecado, acompañado por dos faroles, precedido por la representación de los Arcángeles, personificados por niñas, y seguido de coros de Angelitos, personificados por niñas más pequeñitas, que nos recuerdan que María es Reina de los Ángeles (Regina Angelorum) y de todas las milicias celestiales por ser Madre de Dios.

La defensa de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que es lo que representa el Simpecado, se ve reforzada por la Bandera Concepcionista, de color azul celeste, flanqueada por dos varas, en la que puede leerse la frase SINE LABE CONCEPTA (Sin pecado concebida), acompañando el anagrama de la Virgen rematado por corona real.

Preceden al paso de la Virgen las personificaciones de las Tres Marías, en recuerdo del grupo de las santas mujeres que presencian la Crucifixión de Cristo y el momento de su expiración, acompañando a su Madre y prestándole su consuelo, y que, a su regreso, preparan aromas y mirra para, una vez pasado el sábado, poder limpiar y amortajar el cadáver. Las Marías llevan vendas en las manos y un pomo para ungüentos. “Las mujeres que habían venido con él de Galilea le siguieron y vieron el monumento y cómo fue depositado su cuerpo. A la vuelta prepararon aromas y mirra 1” (Lucas, 23, 55-56).

Después de los acólitos ceriferarios y turiferarios aparece el paso de la Virgen, la perla del Viernes Santo, cerrando el cortejo procesional en su estación de penitencia hasta el templo parroquial.

La Virgen de los Dolores constituye el máximo orgullo de esta Hermandad, por su fortaleza y entrega en la Pasión de su Hijo. Madre e hijo beben de un mismo torrente de amargura que encuentra su punto más álgido en la cima del Gólgota. Si el camino del Calvario está regado con la sangre del Redentor, lo está también con las lágrimas de María y la cumbre de la colina, allí donde las miradas de la Madre y del Hijo se enlazan, sirve de altar al más sublime de los sacrificios.

Ese orgullo por la Virgen lo proclama la Hermandad en la frase que adorna el faldón delantero del paso de palio, en la cual se afirma: PER TE, IN SUBLIMITATE NITITUR, FRATERNITAS HAEC (Por ti, esta Hermandad, brilla con nitidez en lo más alto y sublime), rodeando una columna flanqueada por dos leones rampantes.

La columna puede ser entendida como una metáfora de las virtudes que adornan a la Santísima Virgen: la perfección, la rectitud, el equilibrio, el ser basamento o pilar del universo de la fe, y también como una alegoría de María, comparable a una sólida columna que une el Cielo y la Tierra al ser el vehículo del que se sirvió Dios para la venida de su Hijo al mundo.

EL AUTO DEL DESCENDIMIENTO

Una vez en la iglesia parroquial, a puerta cerrada, se extrae el cuerpo del Señor de la Urna y se coloca en la cruz, situada bajo el arco toral del presbiterio del templo, sujeto al madero mediante tres clavos (uno en cada mano y otro en los pies) y sendos lienzos atados en torno a las axilas. Una escalera reposa en cada brazo de la cruz para que por ellas asciendan los dos hombres que, vestidos de nazarenos, personificarán a los santos varones que descendieron el cuerpo de Jesús del madero al atardecer del Viernes Santo para darle sepultura.

Ya a la media noche, se abren las puertas del templo y comienza en Auto del descendimiento, cuyas partes esenciales vienen a ser las siguientes:

  • I.- Exordio (o introducción):
    a) Invocación:
    En el nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
    b) Saludo:
    Real, Muy Antigua, Ilustre y Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos del Santo Entierro de Cristo y Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad, Coronada Canónicamente, de Alcalá del Río, Señor Cura Párroco, Pueblo de Alcalá del Río. Amigas y amigos todos, hermanos en el Señor y su bendita Madre de la Soledad.
    c) Petición de la Gracia:
    Venga la Gracia de Dios y renueve nuestro espíritu para hacernos mensajeros del evangelio de Cristo. Pidamos la luz del cielo para celebrar contritos el descendimiento de la cruz del cuerpo muerto de Nuestro Señor Jesucristo e introducirlo en la Urna, a la espera del momento de su Gloriosa Resurrección.
    d) Stabat Mater:
    Suena el Stabat Mater, que se entona delicadamente al fondo, y se van glosando los Dolores de la Santísima Virgen el pie de la Cruz.
  • II.- Acto del descendimiento:
    a) Petición de la Caridad:
    El predicador pide que avance la Caridad para proceda a dar sepultura al cuerpo de Jesús. Es una forma simbólica de pedir que por piedad o misericordia se dé digna sepultura al cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Acude la Caridad, representada por la Cruz de Guía, acompañada de dos faroles, representando a la Hermandad de la Soledad, y aguarda a que el cuerpo sea descendido y colocado en el sepulcro.
    b) Los Santos Varones:
    El predicador solicita ahora que acudan los santos varones, suban por las escaleras y procedan a descender el cuerpo del Señor. Y glosando cada una de estas cosas va pidiendo:– Que le quiten el ignominioso título que mandó Pilatos poner en la cruz– Que le quiten la afrentosa corona de espinas que los soldados colocaron en la cabeza del Redentor.– Que le quiten el clavo de la mano derecha de Nuestro Señor (lo que se procede a hacer a golpe de martillo, que suena en el silencio del templo).– Que le quiten el clavo de la mano izquierda.– Que le quiten el clavo de los pies.
  • III.- Presentación del cuerpo del Señor a su Santísima Madre:
    a) Descendimiento:
    Desprovisto ya de los clavos, los hombres que permanecen subidos en las escaleras sostienen el cuerpo del Señor sujetado por los lienzos, mientras un tercero lo toma por los pies y lo van descendiendo poco a poco de la cruz.
    b) Presentación a la Madre Dolorosa y sepultura:
    Una vez con el cuerpo en sus manos, este santo varón lo entrega a las santas ujeres, que lo presentan a la Virgen y a continuación lo ponen en manos de los hombres que proceden a introducirlo en la Urna.
  • IV.- Despedida:
    El predicador da salida a la Cofradía.
    a) Insignias:
    Desfilan hasta la cruz de guía las insignias de la Hermandad, acompañadas por nazarenos con los cirios encendidos, y comienzan a salir del templo.
    b) Pasos y personificaciones:
    Avanza la Cruz de guía con dos filas de nazarenos de capirotes y capas negras. Sale el cortejo de la Muerte. Sale el cortejo del Santo Entierro, precedido por la Mujer Santa Marta, Mujer Sibila Cumana y Mujer Verónica. Sale el cortejo de la Virgen, precedido por las Tres Marías.

Una vez en la calle, la cofradía realiza su regreso a la Capilla de San Gregorio. Concluye así la estación de penitencia del Viernes Santo.

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